Aquellos que me conocéis (que hasta donde sé sois todos mis lectores) sabéis que soy una persona tranquila, y dudo que ninguno de vosotros me haya visto enfadado en el sentido estricto de la palabra. Tengo una personalidad casi pasota respecto a algunas cosas que me atañen directamente, un buen número de cosas que lo hacen indirectamente, y prácticamente todas las que no me atañen en absoluto.
Esta entrada viene a tenor de una cena que, de no haber tenido incidentes, habría sido como las demás. Cargada de una componente casi festiva independientemente de cuándo se hubiese realizado.
Durante la cena nos percatamos de que éramos el centro de atención de la mesa adyacente a la nuestra, aunque asumimos que era debido a que hablábamos más alto que los demás. Eso no era así, puedo decir a posteriori, aunque más tarde me daría cuenta, muy a mi pesar, del auténtico porqué.
Acabada la cena y poco antes de salir tan alegremente como habíamos entrado escuché risas en la mesa que mencioné antes. No sabía a qué se debían, así que no les di mayor importancia, pero no sólo no se atenuaron pasado un rato sino que crecieron en intensidad hasta ser evidente que eramos objeto de esa burla.
Me di la vuelta con sincera curiosidad sobre qué había ocurrido para generar esa carcajda (quizá así podríamos reirnos todos). Y mi curiosidad fue asaltada por cinco ancianas cuyas miradas y sonrisas llenas de prepotente superioridad se clavaban como sables en mis ojos.
No lo entendía. Era injustificado. Una falta de respeto y educación en toda regla, pero peor fue cuando miré a mi propia mesa y entendí el porqué de sus risas. Quedabamos dos en la mesa, y mi compañero, queriendo servirme una última copa de vino, luchaba contra unos incontrolables temblores para hacer caer el chorro de vino en mi copa.
Cuando volví de nuevo la vista a su mesa comprendí que se reían de eso. Además, mis intentos por explicarme tenían como única respuesta ligeros toquecitos a sus botellas de agua para indicar que bebiendo agua esas cosas no pasan.
Nos largamos inmediatamente. Supongo que nadie les explicó a esas señoras lo que es la parálisis cerebral en su vida, ni que no es sinónimo de borrachera. Tal vez llegaron a casa aún riendose del tipo aquel que de tanto beber no mantenía bien el equilibrio. Yo no tenía cuerpo para explicarselo. No sin acabar en comisaría, porque acababan de reirse en la cara de alguien que había luchado contra viento y marea para conseguir todo lo que es suyo, entre lo cuál figura obtener el título de ingeniero.
Ojalá cuando nazcan sus nietos o sus bisnietos o quien sea, no tengan que ver cómo esta borrachera no se la lleva una resaca. Que es permanente e independiente de si se es o no abstemio y por supuesto crónica de nacimiento.
"Ojalá la sociedad aprenda de una puta vez a tratar a sus iguales como iguales y dejar de comportarse como ratas."
Sin duda estamos ante una sociedad tan bárbara como la edad media, no solo en los prejuicios, sino que también a la hora de afrontar los problemas, e intentar solucionarlos. Pero lo maravilloso es que por una vez, hay personas grandes que van más allá de el mero aspecto exterior, son personas que sin duda, serán los que conduzcan a esta sociedad en una dirección mejor.
ResponderEliminarPor desgracia estas cosas siguen pasando. Yo viví algo muy parecido con mi hermano pequeño y créeme que no fueron pocas las ganas de acabar, sin finuras, a ostias. Pero decidí que no iba a ser esa la forma de actuar que me definiera ni que mi hermano aprendiera. De lo que sí me arrepiento es de la mirada de odio que le puse a ese padre, se merecía cuatro cosas bien dichas y las señoras también.
ResponderEliminar