Ni para historias buenas ni para malas. Al mundo no le importa en lo más mínimo que algo sea justo o no. Que nos creamos merecer ser felices o no. Lo que hace el mundo es exprimirnos como a una naranja hasta que nos amargamos como el café. Ni nos hará favores, ni nos dará cuartel.
Nos pondrá a prueba. Nos pisará, nos escupirá y arañará. Nos golpeará a nosotros y a los que más queremos. Va a sonreir mientras lo hace y va a saber que no podemos impedírselo. No hay moraleja. No se le puede vencer. Es una guerra imposible contra un enemigo sádico que encuentra placer en nuestro sufrimiento. Sólo queda asumirlo o vivir llorando. No hay más caminos.
No obstante, aunque no nos va a proteger algo se puede hacer. Y es que si hemos de sufrir por el mundo, que se joda y no nos vea sufrir. Que vea cómo miramos a los ojos a los problemas y saltamos sin miedo al vacío.
Si es un hijo de puta sádico, que al menos no disfrute siéndolo. Si el mundo me va a aplastar como a un insecto con el dedo, le haré aplastar una avispa. Que sepa que aunque no puedo con él, igualmente muerdo.
Y a veces hay suerte. Y hay una cierta paz. Pero no se debe olvidar nunca que el puño del mundo aprieta, y que los dientes deben estar siempre a punto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario