jueves, 30 de abril de 2015

Aunque luego lo cuentes con palabras

Esta vez no era un bolígrafo ni un teclado.


Era un folio en blanco de un gramaje algo superior al que habitualmente empleaba para la impresora. Me miraba como sin mirarme. Como nos miran siempre los folios en blanco que esperan mantenerse en ese estado durante mucho tiempo. No se sentía amenazado en lo más mínimo por el lápiz a apenas cinco centímetros de sí. Acaso supiera que un arma en manos de un novato hace correr más riesgo a quien la empuña que a quien es apuntado por ella. O quizá simplemente no sabía mirar de otra forma, quién sabe. Los designios de los folios en blanco son inescrutables

Lo que sin duda no sabía es que aunque a todos los efectos era el primero, difícilmente sería el último. Con todo, acerqué el lápiz. No a la esquina superior izquierda, como venía siendo costumbre con el bolígrafo, sino al centro. Sin habilidad ninguna, para qué lo voy a negar, pero con plenas intenciones de llenar el folio. Esta vez no con palabras, sino con trazos.

Y es que nunca es tarde para aprender a dibujar. Aunque luego lo cuentes con palabras.

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