Ella ochenta y cuatro años. La piel atacada por la edad en manchas y grietas. El pelo resistiendose aún a blanquear del todo y veteandose de grises y negros dentro de un apretado moño. Ropa colorida. Espalda encorvada, pero mente erguida. Se deja arrastrar hacia abajo por una escalera mecánica cualquiera de una estación cualquiera con la mente dando atención un poco a cualquier cosa.
Él ochenta y seis. Piel igualmente atacada, pero el pelo que aún le queda es poco más que un recuerdo expuesto en perfecto blanco. Ropa elegante. Mirada ahogada entre el barullo de gente. Se deja arrastrar hacia arriba por una escalera mecánica cualquiera de una estación cualquiera apoyado tranquilamente en el pasamanos.
Cruzan las miradas, dilatan los iris. Ya se conocen. No se saludan en voz alta, pero lo saben. Se rebasan. Pierden contacto visual.
Lo que el azar tiene a bien en unir no suele tener a ben mantener unido. Un encuentro cualquiera en una escalera mecánica cualquiera de una estación cualquiera. Rescatada una vieja historia de entre el polvo en forma de marchito nomeolvides.
Ella llega al apeadero sin volver el moño. Él abre el paraguas y sale a la calle.
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