Aparcar la mente, desterrar la lógica, separar la cabeza de los hombros y convertir con una acción un minuto en una vida.
Y aunque no parece que haya lógica ni equivalencia entre minutos y vidas, sin embargo sí que la hay. A pesar de los peros más obvios, o quizá precisamente por haberlos. Por burlar las reglas para arrebatar tiempo al tiempo y por introducir una infinidad de eternidades en algunos instantes selectos.
La cordura no está preparada para aceptar todo esto. Alguien cuerdo no se plantea invertir su mundo y esperar que todo siga en pie después. Guardo lo que queda de la mía en una pequeña esfera, un orbe semitransparente de diámetro similar a la longitud de una uña, inmortalizada e inmóvil en el más perfecto de los receptáculos.
Quién pudiera estar rematadamente loco para no perder la cordura.

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