Con los ojos hinchados de tanto llorar, las extremidades inmovilizadas por el dolor y un cansancio superior al que hubiese sentido nunca. Así se encontraba la muchacha antes de que sus músculos se relajasen mortalmente sobre el sofá y sus párpados sepultasen sus pupilas, capitulando ante la extenuación.
Habían pasado dos largos meses desde la pesadilla. Exactamente sesenta y un noches de malos sueños y de despertar gritando al silencio de las cuatro de la mañana. Sin excepción y sin variación en su desarrollo, todas y cada una de las noches una sombra negra de ojos brillantes se abalanzaba sobre ella mientras dormía, reteniendo sus brazos con una mano y extinguiendo sus alaridos con la otra. A partir de ahí todo se volvía confuso en el frío torbellino de la pesadilla. El terror y la impotencia mezclado con un lacerante dolor entre las piernas traían el pasado de vuelta al presente, y su mente sufría las pedradas como condenada a pagar por algún crimen que no sabía que había cometido.
Pasaron sesenta y un días, como digo, hasta que la pobre chica dejó de intentar dormir y se propuso mantenerse en vela, poniendo entre su pesadilla y ella misma la única barrera que podía aislarla de forma eficaz. Era una lucha contra un enemigo imposible de ver, oir o golpear. Casi imposible de vencer, en realidad. De hecho, desde el primer minuto que no durmió hasta que empezó a sufrir los primeros síntomas de privación del sueño no debieron pasar más de dos horas (duras consecuencias de dormir una media de cuatro o cinco horas diarias), y debió ser más o menos una hora después cuando ya creyó oir el monstruo de su pasado y de sus sueños en la vida real.
Aunque era imposible, se había ido para siempre. ¿Cómo podía volver a la realidad quien ya no está entre los vivos? No era tan intenso como estar dormida porque al menos ahora podía moverse con libertad, pero aun así podía oir sus susurros en la oscuridad... casi habría jurado oler la misma ginebra barata que aquel día había percibido en su aliento.
Nunca supo qué la empujó a escribir toda la experiencia en su pequeño bloc de dibujo en aquel preciso momento, ni tampoco a arrancar las cinco hojas que ocupó y quemarlas en medio del salón, sobre el parqué. Pese al terror, pese a la histeria y los temblores de sus manos, pero lo que es seguro es que cuando se tumbó en el sofá más cercano a ver arder el fuego mientras lágrimas corrían por sus mejillas, supo que el miserable estaba ardiendo como una tea, quemándolo todo. Y, sin quererlo realmente, cuando el papel quedó completamente carbonizado el cansancio venció a la voluntad, y al día número sesenta y dos descansó sin soñar ni sufrir durante más de ocho horas.
Y también al sesenta y tres... y al sesenta y cuatro... hasta que por fin los sueños de valles y viajes fantásticos regresaron como un bálsamo que se llevó los rastros de ginebra barata.
Pasaron sesenta y un días, como digo, hasta que la pobre chica dejó de intentar dormir y se propuso mantenerse en vela, poniendo entre su pesadilla y ella misma la única barrera que podía aislarla de forma eficaz. Era una lucha contra un enemigo imposible de ver, oir o golpear. Casi imposible de vencer, en realidad. De hecho, desde el primer minuto que no durmió hasta que empezó a sufrir los primeros síntomas de privación del sueño no debieron pasar más de dos horas (duras consecuencias de dormir una media de cuatro o cinco horas diarias), y debió ser más o menos una hora después cuando ya creyó oir el monstruo de su pasado y de sus sueños en la vida real.
Aunque era imposible, se había ido para siempre. ¿Cómo podía volver a la realidad quien ya no está entre los vivos? No era tan intenso como estar dormida porque al menos ahora podía moverse con libertad, pero aun así podía oir sus susurros en la oscuridad... casi habría jurado oler la misma ginebra barata que aquel día había percibido en su aliento.
Nunca supo qué la empujó a escribir toda la experiencia en su pequeño bloc de dibujo en aquel preciso momento, ni tampoco a arrancar las cinco hojas que ocupó y quemarlas en medio del salón, sobre el parqué. Pese al terror, pese a la histeria y los temblores de sus manos, pero lo que es seguro es que cuando se tumbó en el sofá más cercano a ver arder el fuego mientras lágrimas corrían por sus mejillas, supo que el miserable estaba ardiendo como una tea, quemándolo todo. Y, sin quererlo realmente, cuando el papel quedó completamente carbonizado el cansancio venció a la voluntad, y al día número sesenta y dos descansó sin soñar ni sufrir durante más de ocho horas.
Y también al sesenta y tres... y al sesenta y cuatro... hasta que por fin los sueños de valles y viajes fantásticos regresaron como un bálsamo que se llevó los rastros de ginebra barata.
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