Era una lluvia suave y perpetua la que inundaba las calles del pueblo. No hacían falta aguaceros ni riadas para hacer de cualquier camino una peligrosa trampa al pie incauto, y así lo demostraba este tímido calabobos. Sólo había necesitado de unos pocos días para crear una película de agua de algo más de media pulgada sobre el suelo.
Pese al frío y la ventolera, el olor a tierra mojada invitaba a respirar tranquila y profundamente, y la última semana había sido íntegramente dedicada a tal efecto por el protagonista de esta humilde historia. Tras su inesperada llegada en automóvil se había convertido en el centro de atención por ser un individuo solitario y excéntrico, y es que parecía no dedicar su existencia más que al uso y disfrute de su entorno.
Se hospedaba en una casa antigua que había sido reformada completamente para hacerla más atractiva a los turistas. Con bastante éxito, además, pues apenas le daba tiempo a salir al último inquilino antes de que uno nuevo ocupase su lugar. Su actual ocupante destacaba sin dificultad sobre los demás, pues éstos solían ser parejas que buscaban escapar de los agobios de la urbe durante dos o tres días, mientras que eran ya dos o tres domingos los que había pasado el que para todos era ya conocido como El Bohemio.
Nadie podía sospechar por qué perdía su mirada en el horizonte sin más compañía que un chubasquero en el mejor de los casos. La gente hablaba, y él lo sabía. Algunos acertaban, como el burro de aquella fábula, pero sin una confirmación que detuviese sus pensamientos, rápidamente descartaban la idea entre otras tantas que andaban muy descarriadas de la verdad.
Guardaba el hombre para sí su vida, y demostró en los escasos encuentros que tuvo con los habitantes del pueblo que era de pocas palabras tanto para los asuntos personales como para los más banales. Era un misterio. Uno de esos que se enfundan en impermeables por dentro y por fuera, por si vienen mal dadas no le pillen a contrapelo.
Y así pasaban los días. Salía de paseo cabizbajo y regresaba de forma similar, comía a solas y fumaba algún cigarrillo cuando las nubes daban tregua para hacerlo con tranquilidad. No parecía conservar una estricta rutina, pero tampoco parecía variar sus costumbres. Era, como ya dije, un hombre muy solitario y excéntrico.
Esta historia empieza con algo muy humano. Sucede que muchas veces en la vida hemos de tomar una decisión binaria, y ninguna razón de peso nos hace preferir una opción sobre la otra. Es azar, casualidad, o lo que sea aquello que nos invita a decidirnos. Tal fue el caso de El Bohemio en una bifurcación en medio del monte.
Una de sus aficiones era la búsqueda de parajes pintorescos, y una consecuencia de ésto es que otra de sus aficiones era perderse por los viejos caminos de cabras, a veces sólo húmedos, y a veces completamente enlodados. Tras elegir la vía que le preció adecuada con un criterio tan válido como el de lanzar una moneda, se lanzó a caminar, y no había transcurrido mucho cuando quiso el destino que un rayo rasgase el cielo de arriba a abajo, iluminando a la perfección todo el monte que tenía aún por delante. En ese tiempo infinitésimo pudo verse sin ningún problema una forma irregular de colores vivos que reposaba inmóvil en el suelo a pocos metros de él. Arrastrado por la curiosidad se acercó en pocos pasos hasta que identificó la figura.
Se le cayó el alma al suelo cuando se percató de que era un cuerpo humano.
Pese al frío y la ventolera, el olor a tierra mojada invitaba a respirar tranquila y profundamente, y la última semana había sido íntegramente dedicada a tal efecto por el protagonista de esta humilde historia. Tras su inesperada llegada en automóvil se había convertido en el centro de atención por ser un individuo solitario y excéntrico, y es que parecía no dedicar su existencia más que al uso y disfrute de su entorno.
Se hospedaba en una casa antigua que había sido reformada completamente para hacerla más atractiva a los turistas. Con bastante éxito, además, pues apenas le daba tiempo a salir al último inquilino antes de que uno nuevo ocupase su lugar. Su actual ocupante destacaba sin dificultad sobre los demás, pues éstos solían ser parejas que buscaban escapar de los agobios de la urbe durante dos o tres días, mientras que eran ya dos o tres domingos los que había pasado el que para todos era ya conocido como El Bohemio.
Nadie podía sospechar por qué perdía su mirada en el horizonte sin más compañía que un chubasquero en el mejor de los casos. La gente hablaba, y él lo sabía. Algunos acertaban, como el burro de aquella fábula, pero sin una confirmación que detuviese sus pensamientos, rápidamente descartaban la idea entre otras tantas que andaban muy descarriadas de la verdad.
Guardaba el hombre para sí su vida, y demostró en los escasos encuentros que tuvo con los habitantes del pueblo que era de pocas palabras tanto para los asuntos personales como para los más banales. Era un misterio. Uno de esos que se enfundan en impermeables por dentro y por fuera, por si vienen mal dadas no le pillen a contrapelo.
Y así pasaban los días. Salía de paseo cabizbajo y regresaba de forma similar, comía a solas y fumaba algún cigarrillo cuando las nubes daban tregua para hacerlo con tranquilidad. No parecía conservar una estricta rutina, pero tampoco parecía variar sus costumbres. Era, como ya dije, un hombre muy solitario y excéntrico.
Esta historia empieza con algo muy humano. Sucede que muchas veces en la vida hemos de tomar una decisión binaria, y ninguna razón de peso nos hace preferir una opción sobre la otra. Es azar, casualidad, o lo que sea aquello que nos invita a decidirnos. Tal fue el caso de El Bohemio en una bifurcación en medio del monte.
Una de sus aficiones era la búsqueda de parajes pintorescos, y una consecuencia de ésto es que otra de sus aficiones era perderse por los viejos caminos de cabras, a veces sólo húmedos, y a veces completamente enlodados. Tras elegir la vía que le preció adecuada con un criterio tan válido como el de lanzar una moneda, se lanzó a caminar, y no había transcurrido mucho cuando quiso el destino que un rayo rasgase el cielo de arriba a abajo, iluminando a la perfección todo el monte que tenía aún por delante. En ese tiempo infinitésimo pudo verse sin ningún problema una forma irregular de colores vivos que reposaba inmóvil en el suelo a pocos metros de él. Arrastrado por la curiosidad se acercó en pocos pasos hasta que identificó la figura.
Se le cayó el alma al suelo cuando se percató de que era un cuerpo humano.
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