Lo decía sin el menor rastro de preocupación. Era una afirmación inocente. Una apreciación sobre algo que estaba claro que no le iba a quitar el sueño. Tras unos segundos de espera se encogió de hombros y se fue, dejando que la puerta se cerrase tras de sí. Ni siquiera tenía claro si le había oído o no. Esa mujer era capaz de fingir no haber oído a su propia madre pedir auxilio.
No se acercó a comprobar por qué no respondía. No se fijó en los ojos inyectados en sangre, en su cara de terror o en su inexistente respiración. Nadie se preguntó dónde pasó el fin de semana. Sólo a partir del martes siguiente, tras su aparición en las esquelas, se empezó a decir por ahí lo buena mujer que era.
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